La insoportable levedad del ser

Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo.

Ernesto Sabato escribió:”La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.” La frase recoge con cierto patetismo la perplejidad que invade al ser humano cuando se enfrenta a las decisiones que le dan forma a su vida y la proyectan hacia el futuro. 

Es posible suponer que el narrador de “La insoportable levedad del ser” no estaría completamente de acuerdo, pues el misterio de la existencia es lo que se encuentra en el núcleo tumultuoso de su historia. El aprendizaje nunca es completo y no es capaz de ofrecernos garantías, ni siquiera al final de la vida, siempre nos encontramos expuestos y vulnerables ante la libertad y la muerte. El tiempo pasa y hemos de resolver qué hacer con él.

La obra, escrita por Milan Kundera en 1982, es una novela total. Las historias de amor de sus protagonistas, marcadas por la infidelidad, son el telón de fondo sobre el que el narrador reflexiona acerca de los temas universales de la condición humana: la compleja relación entre el amor y el sexo, entre la libertad y el compromiso, las tensiones entre la crianza y la cultura, las decisiones de los padres y sus consecuencias en las vidas de los hijos. La diferencia entre lo que creemos ser y cómo somos percibidos por los otros, la vocación y el verdadero sentido de la vida, la tierra prometida que se muestra en el horizonte y con los años se acerca y se aleja, cambia y se transforma frente a nosotros como el espejismo de un sueño lejano.

Por supuesto, hasta ahora no había sido consciente de ello: el objetivo hacia el cual se precipita el hombre queda siempre velado. La muchacha que desea casarse, desea algo totalmente desconocido para ella. El joven que persigue la gloria no sabe qué es la gloria. Aquello que otorga sentido a nuestra actuación es siempre algo totalmente desconocido para nosotros.

En el descubrimiento de aquello que somos, de lo que hemos construido con nuestras decisiones, pero también con lo que recibimos del mundo, del azar, de la contingencia y de la voluntad de los otros, encontramos el paso del tiempo inexorable, irreversible, que transcurre siempre hacia adelante, cada vez más lejos del origen. El río nos conduce hacia la muerte, ajeno a los juegos de la mente y las pasiones del corazón. La mortalidad es el único y verdadero destino del hombre. El ser, leve y etéreo, permanece en el frágil tejido de la memoria, reinventándose para engañar al olvido.

Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

Aunque “La insoportable levedad del ser” es una novela llena de ideas y de filosofía, nunca se aleja de la tierra, de Praga y de Europa, de la rutina y la cotidianidad de sus personajes. Una cotidianidad aplastada por el brutal totalitarismo ruso que invade y reduce todos los espacios, que entra en las escuelas y en los hospitales, en las oficinas y en las casas, involucrándose en todos los órdenes de la vida, anulando los límites entre lo público y lo privado. Escucha conversaciones bajo las sábanas y patrulla los pensamientos en busca de la identidad y la diferencia, de la razón que se convierte en disidencia.

Dado que casi todo el país estaba en contra del régimen de ocupación, los rusos tuvieron que buscar a personas nuevas entre la población checa y auparlas al poder. ¿Pero dónde iban a buscarlas si tanto la fe en el comunismo como el amor hacia Rusia habían muerto? Las buscaron entre quienes deseaban vengarse de la vida  por algún motivo.

A algunos les tocó amarse en medio del horror y el caos, buscan la verdad entre las fotografías, entre micrófonos y espías, protegiendo sus secretos de la humillación, resistiendo en el exilio en el refugio que otorga el trabajo, en la complicidad de quienes se reconocen excluidos.

Cuando llega la despedida lo único que queda es lo vivido, iluminado por los colores de la nostalgia. Pero también lo que no fue, lo que quisiéramos cambiar y lo que se ha perdido. En ese espacio que se nos ofrece, el que existe entre la vida que queríamos y la que tuvimos, aún es posible encontrar la redención, una calma que vence el miedo y disuelve los rencores, en ella florece un sentimiento que puede llamarse felicidad. Amor fati, aunque no lo hayamos elegido.

Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría dominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas.

Nostalgia para una generación shuffle

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Hace aproximadamente 20 años vivía en Caracas, en una zona que se llama Santa Paula. Cerca del que era mi edificio se encuentra el Centro Comercial Vizcaya, en el que abrió sus puertas la primera tienda de discos Esperanto. Poco tiempo después de su apertura, comenzó a ser reconocida por la enorme variedad y el buen gusto que sus encargados tenían para seleccionar la música que ofrecían.

Allí compre mi primer disco de Aphex Twin, y por recomendación de un vendedor conocí a Sonic Youth. Era uno de los pocos lugares en el que encontraba a otras personas que disfrutaban la música tanto como yo. Comentar una canción, analizar un disco o criticar el arte de un “librito” era mucho más que una trivialidad. Aquellas conversaciones y recomendaciones surgían de una honesta pasión por la música, del reconocimiento de su importancia como algo que trascendía el mero entretenimiento.

En aquella época, era la única tienda en la que te permitían escuchar los discos antes de comprarlos. Por esto algunos iban solo a conversar y a oír un poco de música vieja o algo nuevo de la sección de recomendaciones. Sin control cambiario, los discos llegaban en la fecha de su lanzamiento mundial o apenas unos días después. Aun conservo la imagen de tres tipos sentados junto al mostrador con audífonos puestos y una columna de discos esperando para ser escuchados.

Era alucinante, para mí se convirtió en un ritual ir al menos una vez por semana a Esperanto y salir con un par de discos en la mano o una lista de próximas compras. A veces vendía discos viejos que ya no me gustaban para poder comprar algo nuevo. Cuando llegaba a casa me encerraba en mi cuarto, sacaba el discman y los audífonos, y escuchaba cada disco completo por lo menos una vez. Mientras sonaba, lo primero que hacia era leer los nombres de las canciones en la parte posterior de la carátula, luego sacaba el folleto y detallaba cada página. Si la banda cantaba en inglés, que era lo más frecuente, buscaba las palabras que no conocía para entender las letras.

Escuchar el disco como había sido concebido era una experiencia total. Entendí que un LP era mucho más que una recopilación de canciones agrupadas al azar, que detrás del orden elegido para los temas, de los nombres de cada uno, e incluso del arte, había un concepto que buscaba producir sensaciones específicas en quienes escuchábamos; que en la música el orden de los factores sí altera el producto y que cada elemento era una pieza de un mensaje que debíamos descifrar.

Pronto descubrí que varios de los discos más grandes de la historia (o considerados como tales) eran conceptuales y estaban cargados de significado, de ideas que a veces eran complejas y profundas, y otras solo estimulantes en un sentido estético. La clave era la experiencia, darle a la creación la oportunidad de revelarse en sus propios términos.

Estaba consiente de que no todos escuchaban música del mismo modo que yo, que era eso justamente lo que distinguía a un oyente ocasional de un verdadero melómano. Yo lo adopté intuitivamente, como algo natural, y se transformó en un momento sagrado, en un método para experimentar la música. Más adelante, cuando comencé a leer revistas especializadas como Rolling Stone y a encontrar críticas en los primeros blogs que aparecieron en Internet a finales de los años 90, entendí que no solo la música, sino el arte en general, podía beneficiarse de una determinada estructura o formato, que toda obra de creación artística requería una serie de condiciones mínimas para poder ser apreciada realmente. En ese sentido, nosotros como audiencia, teníamos un rol decisivo en la percepción del arte.

Por supuesto, no todas las bandas y artistas se interesaban por esto, pero un grupo importante de ellos se arriesgó a crear obras totales en las que cada elemento, incluso la duración de las canciones, había sido cuidado para producir un efecto determinado. “Sgt. Pepper” de Los Beatles y “The Wall” de Pink Floyd, por nombrar solo dos clásicos, son ejemplos perfectos de esto. Luego bandas como Tool, The Smashing Pumpkins, Radiohead y Nine Inch Nails, continuaron con la tradición del álbum conceptual. Hoy, en menor cantidad, algunos se siguen atreviendo a pesar de las implicaciones comerciales, y en ciertos casos, precisamente por eso.

Sin embargo, el centro del argumento son los grandes clásicos. Porque siguen siendo respetados, reconocidos e invocados cuando una escena pop rock demasiado mediocre desborda los niveles de tolerancia de una generación acostumbrada a la música trivial y genérica, concebida fundamentalmente como negocio. Incluso aquellos que crecieron con Guitar Hero y descubrieron a Jimmy Hendrix gracias a Rock Band, encuentran en The Beatles, Led Zeppelin y The Rolling Stones un legado que aun no ha sido superado. Pero a pesar del reconocimiento, de esa conexión que atraviesa décadas y culturas diferentes, se ha perdido algo esencial en la relación con ellos y en como experimentamos su música. Las condiciones mínimas son cada vez más difíciles de encontrar, sus obras son desmembradas y reducidas a sus partes elementales. El disco, como formato mainstream, ha muerto. Como catalizador de la experiencia artística ha sido abandonado por el single y la playlist.

Las razones son numerosas y complejas, pero la progresiva digitalización del entretenimiento a través de comunidades de intercambio como Napster y dispositivos como el iPod, ha contribuido a desplazar el LP para establecer al MP3 como el nuevo estándar. El espíritu de los tiempos ya no escucha discos, escucha canciones y listas. Parece que la tradición no sobrevivirá al cambio de paradigma.

A través de los años, en reuniones de amigos y conocidos he visto cientos de iPods y smartphones sin un disco completo de ningún artista, reproduciendo canciones desde Spotify o Apple Music en modo shuffle. Como una novela de la que se leen solo algunos capítulos de forma aleatoria. Ni siquiera una Rayuela soportaría esto. Lo más obvio sería preguntar: “entonces, ¿qué se pierde?” En mi caso particular, la respuesta podría ocupar varias páginas de otro articulo, pero es algo que en última instancia depende de cada uno. Lo único seguro e indiscutible es que la experiencia no puede ser la misma. Algo que, desde cierto punto de vista, es completamente lógico porque consumimos música del mismo modo en que vivimos. Escuchar un disco requiere tiempo, compromiso y un estado de ánimo particular que nos permita entregarle nuestra atención durante 40 o 60 minutos. A la velocidad que vivimos actualmente es difícil disponer de “tanto” tiempo. Siempre hay correos que revisar, tweets que leer y páginas que visitar. La mayoría de las veces escuchamos música mientras hacemos otras cosas, y eso está bien, pero perdemos algo cuando solo es así. En la vida y en la música hay un exceso de shuffle.

Hace tiempo leí una encuesta en la que había que elegir entre vivir sin sexo o sin música. El 80% respondió que preferiría vivir sin sexo. Pocas cosas son tan importantes en nuestras vidas, aunque  no estemos completamente conscientes de ello. Mi propuesta es que intentemos no diluir el arte, no darlo por sentado y no permitir que se evapore en la vertiginosa banalidad del tiempo digital. Recuperar algunas de esas cosas que se desvanecen en el cambio, recordarle a quien pueda interesar que un gran disco es mucho más que una canción y que la suma de las partes no siempre es el todo.

Orwell y el Totalitarismo

Recientemente terminé de leer una colección de ensayos escritos por George Orwell, autor de “Rebelión en la granja” y “1984”. En su conjunto abarcan distintos temas, que van desde la crítica literaria hasta comentarios sobre figuras como H.G Wells, Dalí y Gandhi, y reflexiones sobre su experiencia en la Guerra Civil Española. Sin embargo, un tema central aparece recurrentemente y funciona como hilo conductor del pensamiento de Orwell: el Totalitarismo.

La mayoría de estos ensayos fueron escritos entre 1936 y 1946, década en la que Europa sufrió el ascenso del fascismo y su eventual colapso con el final de la Segunda Guerra Mundial, que dejó a su paso un continente en la bancarrota económica y la ruina espiritual. En el sentido más obvio, Orwell es un hijo de su tiempo. En un ensayo titulado “Por qué escribo”, reflexiona sobre las razones que lo llevaron a convertirse en un escritor político, como él mismo se define. No fue producto del azar, sino de una decisión motivada por el encuentro con un mundo que está muy lejos de ser lo que podría y debería ser.

A Orwell le preocupan la falta de integridad intelectual de la opinión pública, especialmente la inglesa, y los sutiles mecanismos de control que diversas instituciones ejercen sobre los individuos. Advierte serias amenazas para la libertad intelectual gestándose en la relación entre el poder y el conocimiento, la verdad y el dinero, el arte y la ideología. Observa cómo la masa ha sido introducida en un proceso de normalización que busca convertirla en un cuerpo dócil a través de la banalización de todas sus experiencias. El entretenimiento popular y la televisión son en gran medida los mediadores de este proceso. Por otra parte, gobiernos y partidos ejercen su influencia desde la esfera política creando instituciones y movilizando recursos destinados a generar matrices de opinión y comprar conciencias.

El individuo, como ser autónomo y reflexivo, capaz de analizar y cuestionar la realidad, se encuentra bajo asedio permanente. El poder, desde todas sus facetas, intenta influenciarlo, corromperlo y censurarlo, siempre con un mismo objetivo: la aniquilación de la crítica. Un ciudadano consciente, capaz de expresar pública y articuladamente su disensión es la mayor amenaza para cualquier movimiento totalitario. La razón instrumental y el proceso de modernización que impulsa a la civilización occidental han hecho posible la construcción de estados nacionales cada vez más estables, pero también más rígidos y burocráticos que tienden a reducir el espacio autónomo de sus ciudadanos como individuos. En estas esferas sociales el hombre común es introducido en una cultura de masas que tiene como objetivo final la homogeneización del pensamiento.

En este punto queda claro que la verdadera preocupación de Orwell no apunta tanto al presente como al futuro. Más allá de los proyectos imperialistas demenciales encarnados por figuras como Hitler y Stalin, señala formas más sutiles de totalitarismo que se manifiestan en el discurso político y en la opinión pública de sociedades aparentemente democráticas como:

– La utilización de la mentira como discurso oficial
– La modificación de la historia como estrategia ideológica
– La manipulación de estadísticas
– La ausencia de verdaderos sistemas de valores con los que dar cuenta de la vida cotidiana
– La reducción al absurdo del relativismo, en el que la discusión racional es reducida a sus elementos más superficiales
– El cinismo y la ironía como pose frente a los problemas sociales y personales
– La banalización de la totalidad de la experiencia humana y la polarización de la realidad en términos absolutos: izquierda versus derecha, liberal versus conservador, fascismo versus comunismo, guerra versus paz, fe versus razón, entre otras tantas oposiciones binarias

Todos estos fenómenos ponen en evidencia diversos mecanismos de control que inhabilitan al individuo como agente de disensión. Para Orwell, avances tecnológicos como la bomba atómica podrían facilitar la creación de nuevos imperios, de superpotencias que dominaran en mayor o menor medida el destino de vastas regiones continentales. La Guerra Fría, que Orwell no llegó a presenciar en su punto máximo, confirma que su análisis no estaba alejado de la realidad. Sin embargo, tal vez sea China el arquetipo de totalitarismo moderno que había imaginado. En lo económico, el gobierno interviene únicamente en aspectos estratégicos permitiendo que corporaciones emblemáticas del capitalismo occidental, como Mcdonald’s y Louis Vuitton, ingresen a su mercado. Pero en las esferas sociales y políticas es un estado autoritario. El gobierno controla contenidos, censura el pensamiento crítico y reprime la disensión. Le ofrece a sus ciudadanos los beneficios materiales del capitalismo pero regula los elementos que puedan generar una cultura liberal o algo remotamente parecido. El modelo chino ha demostrado que el capitalismo puede existir sin democracia.

En este sentido, un totalitarismo como el chino es mucho más complejo que el soviético. Entonces la violencia del estado era más evidente y la opresión del individuo más brutal. En la modernidad el poder ha encontrado nuevos instrumentos para refinarse y perpetuarse a sí mismo. En una época en la que los gobiernos intentan justificar sus políticas totalitarias a través del miedo como en los Estados Unidos, o a través de una ideología revolucionaria anti imperialista como en Cuba y Venezuela, es fundamental la creación de espacios para el pensamiento crítico y autónomo de los ciudadanos. Donde quiera que haya conocimiento habrán mecanismos de poder intentado controlarlo. La única alternativa que existe para aspirar a una verdadera libertad del pensamiento en una sociedad más justa es la organización, la participación activa para desmontar los diversos mecanismos de censura y neutralizar los efectos de la propaganda ideológica. Una verdadera democracia social solo es posible cuando existen comunidades con identidad, jamás cuando las masas dóciles son manipuladas por sus emociones.

Orwell se definía a sí mismo como un “pesimista a corto plazo”, el presente parecía perdido pero tenía esperanza en el futuro. Murió hace 63 años y pocos se atreverían a decir que la promesa se ha realizado. Seguimos leyéndolo, con el profundo temor de que “1984” continúe siendo una terrible posibilidad y no un fantasma del pasado.

Vonnegut y Dresde: El eterno retorno de un bombardeo

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Los Aliados bombardearon Dresde el 13 de febrero de 1945. Es uno de esos horrores que tenemos la obligación de recordar.

Mi primer contacto con el bombardeo fue a través de la gran novela de Kurt Vonnegut y creo que, aunque no es un documento histórico de lo que sucedió, es uno de los registros más complejos sobre la experiencia de la guerra.

A propósito de la conmemoración por los 75 años, comparto algunos comentarios sobre Matadero Cinco.

Para Kurt Vonnegut el bombardeo de Dresde siempre fue algo absolutamente incomprensible. Aunque estuvo ahí no era capaz de explicarlo. Durante años escribió distintas versiones de lo que vivió pero ninguna lo convenció. Le tomó más de veinte años llegar a la versión final de Matadero Cinco. No fue producto de una deficiencia como escritor, la realidad es que la magnitud del horror y el sufrimiento rebasan el significado de las palabras. La violencia y la tragedia, sobre todo cuando se experimentan en términos absolutos, son fenómenos que trascienden el lenguaje. Es posible narrar  y ofrecer referencias sobre los hechos, pero “eso”, aquello que íntimamente el testigo realmente quisiera contar, es incomunicable.

Hay mucho más en el mundo de lo que el lenguaje puede decir, y en situaciones que llevan la resistencia humana hasta sus límites esto es más evidente. No es sencillo aceptarlo. La sensación es que no son las palabras sino una distancia insalvable lo que separa a unos hombres de otros, la distancia del horror. El espacio que ocupan quienes han visto lo que nadie debería ver, aquello que, una vez conocido, nos transforma para siempre y nos hace más extraños, siempre ajenos y exiliados de un modo particular. Vonnegut descubrió esta brecha y la recorrió en numerosas ocasiones. Por eso el héroe de “Matadrero Cinco″, aunque está lejos de ser tal cosa, es Billy Pilgrim.

Billy viaja constantemente a través del tiempo. No sabe cómo ni por qué. Simplemente es transportado espacio-temporalmente hacia distintos momentos del pasado y el futuro. No comprende el proceso que hace esto posible, pero en sus viajes ha sido contactado por una raza alienígena avanzada que le revela algo más importante:la vida no se divide en pasado, presente y futuro. El tiempo no existe. La realidad en su totalidad es una recolección de instantes simultáneos que contemplados en su conjunto despiertan en el observador determinadas emociones. No hay un propósito y no existe el libre albedrío.

Para estos seres todo lo que fue, es y será aparece frente a ellos como estrellas en el cosmos. Las preguntas son irrelevantes porque, como le explican a Billy, los momentos están estructurados de esa manera, del mismo modo en que un insecto permanece suspendido por millones de años en una gota de ámbar. Quizás se trate de una especie de determinismo universal que opera a través del azar o de los designios de un creador que juega con nosotros, son meras especulaciones. Los extraterrestres no tienen la respuesta y a Billy tampoco parece importarle demasiado, intuye que tal vez no sea la pregunta más importante. Simplemente toma la realidad y los hechos como le son presentados y acepta su lugar como una partícula insignificante en un universo vasto y misterioso que permanece en silencio, al menos por ahora.

Vonnegut, como nosotros, es incapaz de comprender el mundo. En especial la violencia, la crueldad y la desolación de la guerra. Reconoce el absurdo como tema recurrente de la condición humana, mucho de lo que hacemos no tiene ningún sentido, pero insistimos en preguntar por qué, en cuestionamos el valor y el propósito del mal.

¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? Pero sobre todo, ¿por qué hay algo en vez de nada?

Vonnegut se aferra a lo que tenemos y nos dice: aquí están estos momentos, tal vez tengamos que vivirlos eternamente porque nada muere, solo nos parece que es así. Todo este dolor es, de algún modo, solo una ilusión. Vive para que no te importe volver a repetirlos, para construir instantes que justifiquen una existencia abrumadora y extraña que a veces puede ser injusta y arbitraria, pero que también es capaz de engendrar lo bello y lo sublime.

Además, es nuestra, irremediablemente nuestra.

2666: La parte de Archimboldi

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Creo que Bolaño siempre escribió sobre lo mismo. No es fácil decir exactamente sobre qué, pero tiene que ver con la condición humana. Con la muerte, el tiempo, la amistad y el amor, con el humor y el arte como medios para lidiar con los infinitos misterios y caprichos de la vida. Era un escritor de las últimas cosas.

La frase más emblemática de “2666” es pronunciada por un personaje en la tercera parte de la novela, que dice que en los asesinatos de Sonora (Juárez) se encuentra “el secreto del mundo”. No parecer ser una coincidencia que Bolaño eligiera la Segunda Guerra Mundial como el escenario principal sobre el que transcurre la vida de Archimboldi. Tal vez las conexiones entre Reiter, Sonora y la guerra sean crípticas pero apuntan a los temas centrales desarrollados por Bolaño. Quizás en los excesos del ser humano, excesos de amor y de odio, en la locura y el horror que es nuestra historia, se encuentre ese oasis que desafía a la nada del universo, a la eternidad del vacío y el aburrimiento.

El estilo era extraño, la escritura era clara y en ocasiones incluso transparente pero la manera en que se sucedían las historias no llevaba a ninguna parte: sólo quedaban los niños, sus padres, los animales, algunos vecinos y al final, en realidad, lo único que quedaba era la naturaleza, una naturaleza que poco a poco se iba deshaciendo en un caldero hirviendo hasta desaparecer del todo.

Sin embargo esto no queda demasiado claro. Lo revelado a través de las palabras aparece como un espejismo en el desierto. Sentimos el impulso de correr para saciar la sed, pero hemos sido advertidos, y sabemos que probablemente no haya nada. Los personajes de Bolaño, especialmente Arturo Belano, narrador y alter ego del autor, realizan un bosquejo de lo inefable, señalando aquello que no podemos describir; algo vital, absolutamente íntimo que permanece distante y frío, en una zona oscura inalcanzable.

En Reiter se conjuga esa dualidad, la de la fuerza vital que anima a quienes están destinados a grandes cosas, impulsándolos hacia la realización de un propósito trascendental. Ese gigante que las balas no podían herir, que no encontraba la muerte aunque la buscara y asustaba a los soldados. Al mismo tiempo era el hombre que no podía conectarse con los demás (salvo contadas excepciones que confirman la regla), un hombre que no expresaba sus sentimientos ni compartía sus angustias, que parecía no entender del todo el mundo que habitaba. Y ¿hay alguien que lo entienda? podrán preguntarme, pero estamos hablando de un tipo que cuando era niño se sentía más cómodo en el fondo del mar que en la superficie, sobre la que deambulaba como un extraño. Como si sospechara que detrás de los rostros, las corrientes y las algas, la sangre, la esperanza y las sonrisas, del tiempo y de la muerte, de la literatura y el sexo, de los padres, los hijos y la patria, la música y el arte, hubiese algo, algo abismal que se esconde en la apariencia, en la ilusión de realidad, en la representación que es el mundo.

La posibilidad, no obstante, de que todo aquello no fuera otra cosa que apariencia lo preocupaba. La apariencia era una fuerza de ocupación de la realidad, se dijo, incluso de la realidad más extrema y limítrofe. Vivía en las almas de la gente y también en sus gestos, en la voluntad y en el dolor, en la forma en que uno ordena los recuerdos y en la forma en que uno ordena las prioridades. La apariencia proliferaba en los salones de los industriales y en el hampa. Dictaba normas, se revolvía contra sus propias normas (en revueltas que podían ser sangrientas, pero que no por eso dejaban de ser aparentes), dictaba nuevas normas. El nacionalsocialismo era el reino absoluto de la apariencia. Amar, reflexionó, por regla general es otra apariencia. Mi amor por Lotte no es apariencia. Lotte es mi hermana y es pequeña y cree que soy un gigante. Pero el amor, el amor común y corriente, el amor de pareja, con desayunos y cenas, con celos y dinero y tristeza, es teatro, es decir es apariencia. La juventud es la apariencia de la fuerza, el amor es la apariencia de la paz.

He conversado con algunos conocidos sobre el final de “2666”, también he leído varias reseñas en Internet, y muchos opinan que el final es anticlimático. Que esa apertura, que produce la sensación de que Bolaño podría haber seguido escribiendo para siempre pero decidió no hacerlo, no está a la altura de las tensiones construidas a lo largo de la cinco partes y no es el desenlace que pedía la historia.

Dejando a un lado la muerte prematura de Bolaño, que abre la puerta a infinitas especulaciones sobre si habría terminado la novela exactamente como lo hizo, hay pregunta relevantes sobre el final que tenemos: ¿era posible “resolver” los crímenes de Sonora? ¿era legítimo siquiera intentar descubrir “el secreto del mundo”? Da la impresión de que Arturo Belano narró hasta donde le fue humanamente posible. En la nota a la primera edición Ignacio Echeverría menciona que entre los apuntes de Bolaño se encontraba la despedida de nuestro narrador: “Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar”.

Sin embargo, Hans Reiter se marcha a México, quién sabe si en busca de sus raíces, de lo poco que quedaba de su familia , al encuentro de ese destino elusivo, de la muerte o de alguna otra cosa. Es un misterio que sirve para recordar que la incertidumbre es el estado que mejor define a la condición humana.

Cuánto mejor haría ese pobre hombre dedicándose a la lectura. La lectura es placer y alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío. En las entrañas del hombre que escribe no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!

Breve historia crítica del marxismo

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Esta breve historia crítica pretende ofrecer una exposición básica de las teorías, e ideas fundamentales del marxismo como apoyo teórico y referencial para su comprensión.

  1. El problema de Dios:

El problema de la existencia de Dios, y principalmente, la posición que asume el hombre del siglo XVIII frente a la religión y la Iglesia, constituye un elemento esencial para comprender el origen del pensamiento marxista.  Esta posición puede explicarse en parte a través de hechos y procesos que en un período de tres siglos (aproximadamente) han causado un profundo impacto en la realidad del hombre occidental, pero especialmente en Europa.  La separación entre el estado y la Iglesia, la aparición del racionalismo, el avance progresivo de las ciencias y la consolidación de una nueva clase dominante (la burguesía), son algunos de los sucesos que transformaron el curso de la historia de occidente y del mundo civilizado en su totalidad.

Estos factores, entre otros, contribuyeron a la secularización de la sociedad, al cuestionamiento de las instituciones religiosas y a un cambio definitivo en la relación entre el hombre y Dios. Cada vez más la figura de Dios es desplazada y reducida a la esfera moral, a modo de ente regulador, y cada vez participa menos como fundamento de la existencia y sentido de la vida humana.

Es necesario entonces tener en cuenta que el mundo en el que Marx emerge como pensador, es un mundo desencantado de Dios, que busca respuestas en diversos lugares ajenos a la esfera religiosa.

  1. Hegel: Capítulo Final del Idealismo Alemán

Georg Hegel (1770-1831) fue el último exponente de una corriente de pensamiento filosófico conocida como Idealismo. El Idealismo surge en Alemania entre los siglos XVIII y XIX. El sistema de Hegel representa el último capítulo del Idealismo como teoría filosófica.

Tradicionalmente se ha dicho que Marx es Hegel puesto de cabeza, y en algún momento el mismo Marx llegó a afirmar que, efectivamente representaba una inversión del sistema hegeliano. Lo importante en este pequeño espacio es establecer la gran influencia que ejerció Hegel sobre Marx, y reconocer que es imposible entender al último sin examinar el pensamiento del primero.

Sin embargo, la relación entre Hegel y Marx es compleja, llena de matices, críticas y transformaciones, por lo que debido al espacio y a los objetivos que desde un inicio se han planteado, queda fuera de nuestro alcance exponer dicha relación en su totalidad. En este resumen se expondrán superficialmente las ideas básicas sin las cuales no es posible comprender el pensamiento marxista.

La Historia y su sentido metafísico

Para la mayoría de nosotros, ajenos a la concepción hegeliana, la historia es el registro de acontecimientos y sucesos que han ocurrido a través de un período determinado de tiempo. Y que de algún modo, en su entramado de relaciones y en su continuidad cronológica, explican la evolución de un objeto de estudio: el hombre, la naturaleza o el universo. A través de la historia interpretamos la cultura, es un intento por comprender el pasado, y por ende, nuestra realidad.

Para Hegel la historia es mucho más que esto. La Historia es nada menos que el escenario de realización de la Idea (Espíritu Absoluto). La Idea, que es el Espíritu concebido como Razón, es el fundamento de la vida, es creadora del universo y de la realidad entera. Esta Idea es constante cambio, transformación, evolución y dinamismo. En la Historia tienen lugar los procesos de depuración y perfeccionamiento; la Historia es la historia de la realización de la Idea. Todo suceso y momento, toda etapa natural o humana se explica por y a través de ella. Todo lo que conocemos y existe representa en un momento determinado una etapa de evolución y transformación de la Idea. Es decir, la historia no es ya un registro de acontecimientos: posee un fin y un sentido, que es la realización de la Idea. Esta concepción le otorga a la historia un sentido metafísico, que ahora explica los acontecimientos que se han sucedido dentro de ella refiriéndolos a un principio trascendente que subyace como origen desde el que ha emanado la realidad.

Aunque para Marx la realización de la Idea no es el sentido de la historia, mantendrá que la historia tiene un sentido y que todas las fuerzas de lo humano deben concentrarse en realizarlo. La Historia ha consistido hasta ahora en una lucha de clases, por lo que fin del conflicto y el sentido de su realización es una humanidad sin clases. En este sentido Marx estaba convencido de que sus predicciones contaban con sustento científico y que su trabajo había delineado de algún modo las leyes de la historia para alcanzar su realización.

La Dialéctica

Para Hegel, la Idea se realizaba a través de una dinámica de confrontación evolutiva que funciona por etapas. Por medio de esta dinámica, denominada Dialéctica, la Idea se perfecciona progresivamente dentro de la Historia, construyéndola al mismo tiempo. El proceso dialéctico se articula en tres etapas: Tesis, Antítesis y Síntesis. La tesis representa un primer acontecimiento o etapa de la Idea, a esta se le opone un nuevo suceso que constituye la Antítesis, y de la confrontación entre ambos elementos surge la Síntesis que incluye y supera las etapas anteriores. Por ejemplo: La cultura mítico-religiosa, previa al nacimiento de la filosofía en la antigüedad clásica, representa la Tesis, luego aparece la filosofía y con ella una cultura racional que se opone a la mítico-religiosa como Antítesis, y de esa oposición surge en la Edad Media la cultura cristiana que reúne lo mítico y lo racional como Síntesis, reflexionando sobre Dios y su relación con el hombre desde un fundamento filosófico.

Para Hegel, la realidad se encuentra en un continuo proceso de confrontación y esto, a su vez, resulta en la depuración y perfeccionamiento de la Idea.

Marx hará uso de la dialéctica a su manera, pero al igual que en el sistema hegeliano, ocupará un lugar fundamental para explicar el proceso de evolución hacia la realización del sentido de la Historia.

  1. Feuerbach: El ateísmo antropológico

Filosóficamente, Feuerbach se encuentra como mediador entre Hegel y Marx, ya que es él quien realiza la inversión atea del sistema hegeliano, que a su vez constituye la columna central del pensamiento marxista. El ateísmo que Marx hereda de Feuerbach representa la semilla filosófica a partir de la cual germinará todo su sistema de pensamiento.

Hegel atribuía a la Idea categorías y valores como: infinitud, eternidad, justicia y amor. Feuerbach afirma que esto no es más que una proyección de características de la especie humana. Acusa a Hegel de arrastrar consigo rastros de teología y  de que la Idea, en última instancia, se parece demasiado a Dios. Le recrimina además, que opera únicamente dentro de una esfera conceptual, que es excesivamente lógica y racional.

Feuerbach se ocupa entonces de secularizar la Idea, de despojarla de su trascendencia metafísica y de afirmar definitivamente que la Idea no es otra cosa que el hombre. Feuerbach explica así la evolución de su propio pensamiento: “Mi primer pensamiento fue Dios; el segundo la razón; el tercero y último el hombre”.

Lo que plantea Feuerbach es que no es el pensamiento (la Idea) lo que fundamenta el ser del hombre, sino que es el ser del hombre lo que fundamenta su pensamiento. Y al mismo tiempo, que Dios no es “sino la esencia divinizada del hombre”. Y que: “La religión radica únicamente en la necesidad. Lo que más íntimamente necesitas, eso y no otra cosa es tu Dios”. “Lo que yo no soy, pero deseo y me afano por ser, eso es mi Dios”. El hombre debe pues, dejar de proyectar en un concepto absoluto, ilusorio e inexistente todas sus aspiraciones y deseos. Debe entregarse, por el contrario, a reafirmar su condición humana y a realizarse como sentido de su propia existencia. El hombre debe realizarse a sí mismo, ya que sólo él es el centro de su propio universo.

Marx tomará como punto de partida el ateísmo antropológico de Feuerbach pero lo radicalizará y lo llevará hasta sus últimas consecuencias.

Marx: El Hombre como divinidad suprema

Marx, en su crítica a la religión y a Dios, parte del ateísmo antropológico y afirma: “El fundamento de la crítica irreligiosa es el siguiente: es el hombre quien hace la religión y no la religión quien hace al hombre. En otras palabras, la religión es la conciencia de sí mismo y el sentimiento de sí mismo del hombre que aun no se ha encontrado a sí mismo o que ya ha vuelto a perderse”. La religión es una alienación del ser del hombre. La promesa de un más allá se presenta como esperanza y justificación frente a la injusticia del mundo, y por esta promesa, el hombre acepta su condición y dirige todas sus fuerzas hacia un más allá inexistente. La religión aleja al hombre del mundo real, concreto e histórico en el que vive para sumergirlo en una ilusión elaborada por él mismo. Y continúa Marx: “La crítica de la religión desengaña al hombre para que piense, actúe y modele su realidad como un hombre desengañado y que ha entrado en razón para que gire en torno de sí mismo y, por tanto, en torno de su sol real. La religión es únicamente el sol ilusorio que gira alrededor del hombre, mientras éste no gira alrededor de sí mismo”. Esto explica la célebre frase “la religión es el opio de las masas”, ya que para Marx la religión es una especie de narcótico que adormece al hombre, lo sumerge una ilusión y le oculta la realidad.

La tarea que se plantea, como explica Eusebi Colomer en su estudio sobre Marx, es la siguiente:

“La abolición de la religión es, pues, condición previa, pero necesaria, de la liberación humana. Y esta abolición ha de ser total, sin conciliaciones ni medias tintas, ya que la actitud religiosa es también total y abarca la totalidad del hombre y de su destino. No basta pues con erradicar la religión de la vida pública, como pretende el laicismo, hay que dar un paso más y erradicarla de su último reducto: la conciencia. Sólo así el hombre estará maduro para su liberación definitiva”.  

Según Marx, hay que derrumbar completamente las condiciones que hacen del hombre un ser esclavizado y humillado para dar paso a la doctrina según la cual el hombre es para el hombre el ser supremo.

Propiedad Privada: alienación originaria

En su análisis, Marx encuentra que aunque la alienación religiosa es la que mantiene al hombre encadenado en su situación de miseria, no es ésta la que la ha creado. Previa a la alienación religiosa, existe una alienación originaria.

Al derrumbar el mundo religioso con todas sus implicaciones, Marx cuenta ahora únicamente con el mundo material, y tras el derrumbamiento se propone explicar la realidad humana a través de las condiciones materiales de su existencia. El materialismo, consecuencia de su ateísmo, es el punto de partida para dar cuenta de la realidad.

Marx observa que el hombre obtiene de la naturaleza su sustento, que es ella quien provee los recursos a través de los cuales satisface sus necesidades. Tomando de la naturaleza, el ser humano es capaz de producir su propio sustento y lo hace por medio del trabajo. El trabajo es, por lo tanto, el mediador entre el hombre y la naturaleza. Ahí radica su vital importancia, ya que por el trabajo el hombre produce lo que necesita para perpetuar su existencia. Esta relación inicial entre hombre y naturaleza es de equilibrio y armonía, ya que cada uno es libre de tomar recursos de acuerdo a sus necesidades.

La aparición de la propiedad privada produce un quiebre que anula estas condiciones de igualdad, ya que divide a los hombres en propietarios y no propietarios. Los propietarios comienzan adueñándose de los medios de subsistencia y terminan poseyendo a otros hombres: los no propietarios. Esta condición de desigualdad e injusticia, generada por la aparición de la propiedad privada, representa para Marx la alienación originaria. De ahí que sea necesario desterrar de la conciencia el pensamiento religioso, pues sólo así el hombre será capaz de reconocer una realidad esclavizante para  romper posteriormente las cadenas de dicha esclavitud.

Materialismo Dialéctico: La lucha de clases

Partiendo de la alienación originaria, que significa la ruptura del equilibrio en los medios de producción, Marx se aboca a explicar la realidad humana a partir del conflicto generado por este quiebre. Dado que la realidad es dialéctica, el conflicto inicial necesariamente genera una respuesta, una antítesis, y de este enfrentamiento surge una síntesis que a su vez se convertirá en una nueva tesis. La diferencia con Hegel es que Marx no aplica la dialéctica a toda la historia, sino al análisis económico y a las condiciones sociales de producción.

Cada modelo de producción produce una nueva clase social, y de esta clase social se derivan todos los elementos constituyentes de la realidad humana: cultura, religión, política, filosofía, arte, etc. Es decir, para Marx no son más que consecuencia de la lucha entre clases, producida por las condiciones sociales de producción, que a su vez se remiten a la alienación originaria: la aparición de la propiedad privada. La realidad entera es derivada de las condiciones económicas y se explica a través del análisis de los medios de producción de períodos determinados. La ópera, el arte griego, las redes sociales, la física cuántica y la Ilustración, son en sí etapas diferentes de la historia de la alienación humana. Y como tal han contribuido a perpetuar la lucha de clases.

Esto es precisamente lo que Marx quiere evitar. Si la historia es la lucha de clases entonces debe imponerse una sociedad sin clases, para que la historia pueda realizarse finalmente y concluir. El Fin de la Historia es la sociedad sin clases; la sociedad sin clases pasa por la desaparición definitiva de la propiedad privada. Sólo así el hombre volverá a ser realmente libre y apto para conquistar su esencia: sólo un hombre libre de alienaciones es un verdadero hombre.

La Praxis: Hacer el mundo

“La cuestión no es interpretar al mundo, sino cambiarlo”. Para el hombre alienado existe un único camino: el de la acción. El pensamiento teórico no ha hecho más que elaborar sistemas que han profundizado la condición de desigualdad o que se alejan por completo de la realidad y la distorsionan. La tarea es actuar: para transformar los medios de producción, para aniquilar las alienaciones del espíritu, para abolir la propiedad privada y realizar el sentido de la historia: El advenimiento del hombre libre, el hombre de la sociedad sin clases.

No se trata pues de un proyecto político, es un proyecto total en el que el ser humano se juega su integridad, su identidad y el sentido de su vida. Es una empresa que se propone transformar para siempre todos los órdenes del género humano. Es una transformación radical de la esencia del hombre. El fin de la historia es conseguir este objetivo y todos los esfuerzos de la especie deben concentrarse en ello; cualquier otra cosa es desperdicio y alienación, es traición a sí mismo y a toda la humanidad. Ningún hombre, voluntariamente, debería contribuir a prolongar el sufrimiento y la miseria en la que se halla sumida la especie.

Todo se reduce a una sola cosa: La praxis.

Críticas fundamentales:

La intención es exponer muy breve y superficialmente algunas de las críticas más importantes realizadas al pensamiento marxista. Para profundizar en ellas es necesario consultar la bibliografía citada y fuentes adicionales.

  1. El hombre no es autosuficiente, no se basta ni se explica a sí mismo. Éste recibe su existencia, no se la ha otorgado él mismo. Llega a un mundo que tampoco ha creado y se ve obligado a subsistir por sus propios medios. Es esta condición de extrañamiento, de desamparo, de asombro y angustia lo que genera preguntas sobre la existencia de Dios y el sentido de la vida, no sus condiciones socioeconómicas ni sus medios de producción. La pregunta por Dios y por el sentido de la vida son un fenómeno antropológico, no económico. La condición humana es el origen de nuestra alienación.
  2. La condición de necesidad y de deseo con respecto a alguna cosa no implica absolutamente nada respecto de su existencia o inexistencia. Que el ser humano necesite un Dios y pregunte por él, no dice nada en cuanto a la posibilidad de su existencia, no es un argumento filosófico válido para sostener el ateísmo en los términos que lo expresa Feurbach.
  3. Marx afirma que su pensamiento es científico, pero asume sin más las nociones hegelianas del sentido histórico y la dialéctica. En ningún momento ofrece pruebas empíricas que demuestren que en realidad la historia posee un sentido y mucho menos que este sentido sea la instauración de una sociedad sin clases. Tampoco demuestra que la dialéctica se constituya de hecho como la dinámica a través de la cual se ha desarrollado la lucha de clases. Son simplemente presupuestos teóricos no comprobados.
  4. Reduce la realidad humana a condiciones estrictamente materiales, lo cualitativo es excluído del análisis social. No toma en cuenta la moralidad en el ser humano, el problema de la mortalidad o características antropológicas y biológicas fundamentales como los diferentes patrones de conducta o las jerarquías sociales. La persona se diluyen la comunidad sin identidad. El hombre que presenta Marx es una construcción de su propia elaboración teórica. Las clases sociales, con todas las injusticias que puedan engendrar, son un reflejo de categorías jerárquicas mucho más profundas. Numerosos estudios antropológicos y étnicos de distintas culturas y épocas han demostrado que el egoísmo, la violencia y el deseo de propiedad no son derivados de las relaciones económicas, sino que constituyen elementos presentes en la estructura de la naturaleza humana.
  5. La perspectiva de Marx se pierde en la abstracción. A nivel individual ningún hombre es completamente igual a otro, la igualdad es un concepto, no un rasgo biológico. Es la justicia, como valor reconocido por una sociedad, la que debe encargarse de resolver equitativamente las diferencias entre los hombres.
  6. Sus predicciones sobre el capitalismo y la dictadura del proletariado no se cumplieron. El sistema capitalista no ha colapsado, ni parece estar cerca de hacerlo, y el socialismo nunca se dio espontáneamente en sociedades industrializadas. La revolución rusa, por ejemplo, se impuso a través de la violencia en una sociedad agrícola que, de acuerdo a los ciclos descritos por el propio Marx, no estaba preparada para realizar su transición hacia el comunismo.
  7. El comunismo, como se dio en la Unión Soviética, China, Cuba y otros países, no eliminó las clases sociales ni sus conflictos. Generó una monstruosa burocracia estatal, autoritaria y represiva, que no pudo sostenerse a pesar de haber controlado todos los medios de producción y abolido la propiedad privada. La corrupción, la violencia y las dinámicas del poder no solo se mantuvieron, sino que fueron magnificadas por un sistema que engendró una nueva condición de desigualdad fundamental: la de un Estado que lo controla todo frente a individuos que desaparecen en lo colectivo sin derechos y sin ser reconocidos.

La propaganda revolucionaria de Mao, Stalin y Kim Jong Il, por nombrar solo algunos, ha erigido al pueblo y a la patria como símbolos máximos de una revolución de la cual sus líderes son humildes servidores. Sin embargo, sus regímenes son responsables de millones de muertes producto de la hambruna, la explotación, el asesinato y la persecución a diversas minorías entre las que se incluyen homosexuales, judíos y simples disidentes. Su legado es la mayor evidencia de que el sometimiento del hombre por el hombre no tiene su origen en sistemas económicos ni ideologías políticas, sino en algo mucho más profundo.

Sin embargo la ideología se empeña en seguir señalando a los culpables habituales, el capitalismo, el imperialismo, la derecha o los ricos, con su radicalismo característico, utilizando el mismo discurso y conceptos de épocas pasadas que fueron el escenario de sus propios fracasos. Para algunos, el asunto no es la verdad o la justicia: si el mundo no es lo que ellos quieren, prefieren verlo arder.

Bibliografía

  • COLOMER, Eusebi. El Pensamiento Alemán de Kant a Heidegger. Tomo III. Editorial Herder.
  • HIRSCHBERGER, Johannes. Historia de la Filosofía. Tomo II. Editorial Herder.
  • GAMBRA, Rafael. Historia Sencilla de la Filosofía. Editorial Rialp.
  • CAMUS, Albert. El Hombre Rebelde. Alianza Editorial.
  • HOBSBAWM, Eric. Historia del Siglo XX.
  • MARX, Karl. ENGELS, Friederich. El Manifiesto Comunista.
  • SAFRANSKI, Rudiger. El Mal o el drama de la libertad.
  • JUDT, Tony. Pensando el Siglo XX.
  • WHITE, Matthew. The Great Big Book of Horrible Things.

Las bocanadas de Jeff Bridges

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Una vez leí una encuesta en la que había que elegir entre vivir sin sexo o sin música. Ochenta por ciento respondió que prefería vivir sin sexo. Todo es música. Podría acostumbrarme al celibato pero no al silencio, me imagino un mundo sin Marilyn Monroe pero no sin Elvis ¿Qué clase de lugar sería ese? Creo que tenía nueve años cuando escuché una canción por primera vez (con conciencia al menos) y pensé que nada me había hecho sentir así. Fue como si antes de oír música hubiese estado medio muerto. Así entiendo este asunto: la música es vida y todos estamos medio muertos. Y Dylan, Hendrix, Lennon y McCartney y Reed y todos los grandes nos elevan un poco para poder vivir a ratos.

A los 14 años intenté hacer música, me encerré en mi cuarto por semanas y lo único que hice fue componer y escribir. Era una basura. La música que escuchaba era mágica, épica y grandiosa pero la que yo hacía era absolutamente patética. Entonces una breve epifanía reveló mi trágico e insignificante destino: reconocer lo bueno, pero no poder crearlo jamás. Comencé a hacerme artista a través de mis canciones favoritas, grababa casetes y se los regalaba a mis amigos en el colegio. A casi todos les gustaban, incluso me hice famoso, no demasiado, por mis cintas y mi buen gusto. En mi mejor época conseguía venderlas o cambiarlas por cigarrillos. De vez en cuando las muchachas se acercaban a preguntarme por bandas y canciones, pero nunca sucedía nada más porque era bastante feo. Todavía lo soy, pero creo que un poco menos, la madurez otorga un atractivo especial cuando se ha vivido bien. En fin, ya sin saberlo era un crítico. Mi misión era regalarles a los mortales lo bueno y alejarlos de lo feo, como yo. Más tarde empecé a incluir pequeñas notas que entregaba con los casetes, en las que contaba historias de las bandas y explicaba el significado de algunas letras. Gran parte de lo que escribía lo inventaba porque en aquel entonces no sabía inglés, salvo tres o cuatro palabras, y no podía entender lo que decían. Pero escribía lo que sentía y me creían porque parecía cierto, mi sinceridad generaba la ilusión de la verdad. Ya entonces era igual de pasional: mitificaba lo que amaba y destruía lo que odiaba con el mismo fervor. De un modo muy extraño me encantaba conseguir alguna banda horrible para contarle al mundo cuánto la detestaba. Me pasaba lo mismo con la gente. Empecé a obsesionarme con los rockstars, con sus estilos de vida y sus personalidades, sólo me interesaba la gente que pudiera idolatrar u odiar. Pasiones viscerales y emociones intensas. Me aburría la gente normal y eso no ha cambiado. Me interesan las cumbres y los picos, las estrellas incandescentes, el fuego que consume y el vértigo psicodélico, el drama, la destrucción y la muerte. La tragedia de la fama, que es una exageración obscena y grotesca, pero mucho más divertida, de la tragedia de la vida. Esa es mi adicción. Sólo el que ha estado ahí puede entender lo que significa; el amargo dulce del alcohol mezclado con el humo y la sangre en la boca, entre el roce de las lenguas y los cuerpos, invocando el fin del mundo y la eternidad de la noche, perdidos en el sonido y en la grandeza del ruido. El sex, drugs & rock n’ roll que todos repiten pero no conocen. Tres de las palabras más amadas, abusadas e incomprendidas de la historia.

En estas cosas el buen gusto no es suficiente. Es importante, sin duda, pero no es lo esencial. Hay que tener una visión particular, una cierta capacidad para leer a las personas. Sintonizar, si se quiere, con su frecuencia individual. No es algo sencillo, las personalidades y los estilos son muy diferentes, miles de variaciones y combinaciones que a simple vista parecen lo mismo, pero no lo son. Siempre he creído que el exterior de la gente refleja su espíritu, el carácter de su alma. En su apariencia hay una clave para descifrar lo que está adentro, pero en unos es más evidente que en otros. Cuando estás frente a uno de estos tipos, de los distintos, reconocerlos es realmente sencillo. Podrías meterlos en un salón con quinientas personas de todas las edades, sexos y estratos, y señalarlos sin ningún problema. Poseen un aura, una energía que los envuelve y los separa del resto. Su forma de caminar, de lucir la ropa, la manera de hablar con un tono y un acento particular, es irrepetible. Y cómo fuman, muchos de ellos son grandes fumadores, notables en todo sentido. Como Jeff Bridges, nadie fuma como Jeff Bridges. El Dude es una leyenda y un verdadero rockstar, aunque en esencia sea un actor. En nuestras manos un cigarrillo es vulgar, cancerígeno y trivial. En las suyas es un modo de vida, es estilo y rebeldía, un universo de gestos y comentarios sobre nuestra cultura banal y frívola. Una sátira del cinismo pop, un símbolo de resistencia y desdén, una picardía que desafía a la muerte, y a nosotros con ella. Un ejercicio de terquedad y libertad que lo separa de los mortales. No es algo que se aprenda. El verdadero artista nace, no se hace. Aunque incomode es mejor aceptarlo, no pasa nada. Algunos nacimos para mirar y otros para brillar allá arriba, así es como debe ser. En el cielo no hay espacio para falsos astros, eventualmente la oscuridad los reclama. Es un lugar común, pero hay que repetirlo porque todavía muchos no logran entenderlo.

La primera vez que vi a Reese Cunningham sobre un escenario entendí que era uno de los diferentes. No tenía que pensar ni esforzarse, todo era natural en él. Era sólo un chico, pero cantaba y dominaba al público como un veterano, como si su destino fuera estar allí arriba haciendo lo único que sabía hacer. Después del show, ese mismo día, entré al camerino y charlamos un poco. Irradiaba una fuerza primordial, de esas que te abrazan y por un instante te convierten en el centro del mundo. Lo entregaba todo, su esencia estaba allí expuesta intentando conectar contigo, alimentándose de ti y entregándote a cambio algo mucho más valioso. Era uno de esos grandes que logran tocar la Fuente y canalizar a través de ella un poco de vida, verdadera Vida en forma de arte y música o algo que las supera; la expresión más sublime y trascendental que alguien pueda experimentar. Es un breve instante, apenas un segundo o tal vez menos, de absoluta realización, de belleza perfecta. Eterna, infinita y libre. No es una cuestión de criterio estético, es una manera de existir.

Cuando pasó lo que pasó muchos criticaron a su familia, a sus amigos y al propio Reese, a pesar de que perdió la vida o precisamente por ello. “Desperdicio” y “Estupidez” fueron las palabras que escuché con mayor frecuencia, los más reservados hablaron de tragedia. Y sí, desde un punto de vista superficial y desencantado podían referirse a su muerte en esos términos, pero su vida no puede ser juzgada de la misma manera. Tendrían que haberlo visto a los ojos y descubrir en ellos la insalvable distancia que lo separaba del mundo. La vasta soledad. Demasiado fuego, un deseo irrefrenable que no cabe en un solo cuerpo; la lujuria por la vida y la libertad como ley absoluta. La ilusión de la inmortalidad y la desolación del desengaño.

Una vez escuché que algunos caballos salvajes galopan y recorren el desierto sin poder detenerse. Desconocen los límites de sus cuerpos, y sin un jinete que los conduzca marchan hasta que les estalla el corazón y se desploman fulminados. Es la muerte poética de quienes lo entregan todo; nunca es suficiente y nada más importa. Son los héroes absurdos de este coliseo en el que es imposible ganar.

Encontraron a Reese inconsciente en un baño y falleció tendido sobre una acera de California, pero es sólo una anécdota que no vale la pena recordar. La muerte es el futuro, y hay que vivir para merecer el instante. Pero no es más que eso, es sólo un instante.

“Las bocanadas de Jeff Bridges” es uno de los doce relatos que forma parte de Las propiedades curativas del fuego, mi primera colección de cuentos.

Joker y Parásitos: dos miradas de la desigualdad

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Joker y Parásitos son dos de las películas más reconocidas y discutidas de 2019. No tiene sentido hacer una reseña en este espacio porque hay decenas de artículos y vídeos excelentes que las analizan en profundidad.

Pero quiero compartir algunas ideas sobre los temas que tocan y las conexiones que comparten. Más allá del valor artístico y cinematográfico que tienen, me parecen muy interesantes las preguntas que plantean y los problemas sobre los que nos invitan a pensar.

Son películas con un núcleo político sobre las sociedades modernas y la manera en que vivimos y nos relacionamos como parte de ellas. Aunque hay distancias geográficas y culturales entre los mundos de Joker y Parásitos, tanto Ciudad Gótica como Seúl existen gracias al proceso de modernización occidental, en particular dos de sus elementos fundamentales: Democracia y Capitalismo.

Desde ese reconocimiento, ambas realizan una crítica del presente exponiendo la enorme complejidad de nuestros problemas.

Joker
* La desigualdad desde la exclusión, la falta de empatía y de reconocimiento
* El individuo vs La sociedad y sus instituciones
* Egoísmo y resentimiento: las víctimas exigen reconocimiento y reparaciones
* Líderes políticos y medios de comunicación como centros del poder e ingenieros del consenso
* Las escaleras como metáfora del mundo interior de Arthur
* Decadencia social: el caos y la violencia como respuesta
* La violencia es pública, contra el sistema
* Es una advertencia: si no solucionamos los problemas sociales, sobre todo la desigualdad y la injusticia, podríamos terminar así

Parásito
* La desigualdad desde la diferencia de clases
* Familia vs Familia
* Egoísmo y estatus: la competencia como dinámica social para subir de clase. El comportamiento entre los miembros de una misma clase es predatorio
* No hay líderes políticos ni mediáticos: no importa quien gobierne, el sistema no cambia y todo sigue igual
* Las escaleras como símbolo de las diferencias de clases
* Decadencia moral: la clase y el estatus como valor supremo de la sociedad
* La violencia es privada, contra individuos
* Es un espejo: vivimos así y nada indica que algo vaya a cambiar

Si les interesa profundizar un poco más, abajo comparto un video de Wisecrack que reflexiona sobre algunos de estos puntos. Pueden activar los subtítulos en español en la barra inferior.

El señor de las moscas

En los orígenes de la enemistad y la violencia se encuentra una de las claves para comprender el pasado y el presente, pero sobre todo el futuro, de nuestro proyecto civilizador. A través de la historia, el pensamiento occidental ha intentado dar cuenta de la problemática relación entre lo individual y lo colectivo, entre las complejas dinámicas del “tú y yo” de las cuales depende el reconocimiento mutuo. Sobre la posibilidad de este hecho, de ser capaces de resolver nuestras diferencias favorablemente, hemos emprendido la construcción de una sociedad justa y pacífica. 

“El señor de las moscas” guarda ciertas analogías con el célebre prólogo de “2001: Odisea al espacio” en el que los homínidos entran en contacto por primera vez con el monolito. Su misteriosa influencia parece engendrar un tipo de inteligencia superior que precipita el nacimiento de la humanidad junto al símbolo de su despertar: la primera herramienta de la historia es utilizada para cometer un crimen. Con el sometimiento del prójimo para conquistar y explotar los recursos naturales se ha establecido el espíritu de la empresa. La tesis antropológica de Kubrick concibe a un hombre intrínsecamente egoísta y vengativo que busca ejercer su poder, al menos en el estadio actual de su evolución. En el último acto, apunta hacia el nacimiento de un nuevo hombre como esperanza de una existencia distinta.

La novela de William Golding explora ideas similares pero también funciona como una refutación de la teoría del buen salvaje. Los niños, perdidos en una isla luego de sobrevivir a un accidente aéreo, se enfrentan a las condiciones más elementales de vida. Cazan para subsistir y trabajan en conjunto para protegerse de la naturaleza y sus elementos. En su pureza, imaginan un paraíso de libertad y diversión emancipados de las restricciones y convenciones sociales de los adultos. La isla se convierte en la oportunidad de un nuevo comienzo, de una sociedad construida sin los vicios del pasado.

En el tiempo, en el esfuerzo y los fracasos se rebela la precariedad del consenso. La competencia por el liderazgo incrementa la tensión de las jerarquías que determinan los roles de cada miembro en la comunidad. En lo salvaje, lejos de la autonomía constructiva que busca la paz y la concordia, se abre un laberinto hacia el corazón de las tinieblas, hacia un impulso vital que quiere afirmarse a cualquier precio y al que no le basta con saberse diferente, pues necesita que las diferencias se resuelvan a su favor. En la oscuridad primitiva hay algo indomable y amenazante sobre lo que también advirtieron Conrad, Nietzsche y Dostoievski. Susurra que la explotación del hombre por el hombre no es consecuencia de ideologías o sistemas, sino de algo mucho más profundo. La voluntad de poder, en sus distintas manifestaciones, parece ser el hilo conductor de la historia.

Sin embargo, cuando todo ha terminado emerge una apertura. Con el rescate, el horizonte da cabida a la esperanza, promesa de una libertad que nos permita elevarnos y realizar nuestro destino, pero que en su contra cara engendra el mal que se introduce en ella al ejercerla.

Hace 35 mil años, antes de que comenzara lo que hoy llamamos civilización, los cuerpos de un grupo de hombres, mujeres y niños fueron arrojados a una fosa común. Sus cráneos presentaban múltiples heridas de hachas y flechas en la parte posterior. Las evidencias halladas en distintos tipos de huesos confirman que fueron torturados y posteriormente ejecutados. 

Numerosas investigaciones arqueológicas han descubierto escenas similares correspondientes a diversos períodos en varios continentes con diferencias culturales y religiosas. Entre los restos se han encontrado seres humanos de todas las edades, sexos y razas.

AURORA

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En una ciudad del norte un terremoto ocasionó graves daños en el sistema de enfriamiento de dos reactores nucleares. Debido al sobrecalentamiento, se reportaron explosiones químicas y escapes significativos de material radioactivo. A pesar de que el fenómeno natural fue el desencadenante, se determinó que las causas y consecuencias del incidente se produjeron por error humano. La falta de controles en los procedimientos, medidas de seguridad deficientes y una escasa preparación frente a emergencias fueron puntos recurrentes en los informes elaborados para explicar la ineficiencia del personal en la contención del desastre. Entre las víctimas del terremoto y aquellas expuestas a la radiación, se evacuaron más de tres millones de personas a refugios, hospitales y otras instalaciones dispuestas por las autoridades. Oficiales gubernamentales implementaron operativos de desalojo forzoso en la zona de exclusión.

Aurora recibió una notificación del Ministerio de Salud indicándole que debía abandonar su casa y dirigirse al centro de refugiados correspondiente a su lugar de residencia. Lo ignoró. Dos días después los agentes fueron a visitarla personalmente. Le explicaron los riesgos, además de la exposición a la radiación, tampoco había agua potable ni electricidad. Los servicios básicos habían sido suspendidos. Si se quedaba, había elevadas probabilidades de que su cuerpo desarrollara algún tipo de cáncer.

– ¿Cuáles son las probabilidades? – preguntó.
– Muy altas, dependen de los niveles de radiación – dijeron.

– ¿Cuándo me daría cáncer?
– No podemos saberlo con exactitud, con estos niveles puede ser un año, cinco o veinte.
– Tengo cincuenta y tres años – dijo ella – para mí son suficientes.

No lograron convencerla, salieron de su casa con una declaración firmada en la que asumía toda la responsabilidad por las consecuencias que pudieran presentarse. Ella insistió en escribirla. Su hermana y su sobrino se marcharon con los agentes, se despidieron de Aurora como si hubiese elegido morir, estaban destrozados.

“Es tan silencioso aquí, en la noche el silencio es absoluto. Quedaron las casas pero no hay tráfico ni gente. Fue muy extraño al principio. Sin luces, sin ruido. Los primeros días me sentí mal, fue muy difícil. Era demasiado silencioso. Lo que sentí cuando entendí que estaba completamente sola es indescriptible. La palabra soledad no es suficiente para explicarlo. Ahora estoy acostumbrada”.

Las áreas verdes desaparecieron. El paisaje era árido y estéril, incluso la mala hierba había muerto. Había autos abandonados en las calles, algunos chocados, con las puertas abiertas, sin ruedas y con los vidrios rotos. Animales muertos en ambos lados de la carretera. Prendas encima de los mostradores, cajas abiertas, carritos de supermercado repletos de productos, maletines y abrigos sobre las sillas, bicicletas, vasos vacíos y bolsas de basura, pelotas de fútbol, guitarras y carpetas, sartenes, alfombras y cepillos de dientes. En sus recorridos, Aurora también vio algunos cadáveres entre los escombros.

Los perros de Aurora parecían estar bien, pero otros animales la estaban pasando bastante mal. Deambulaban por las calles buscando agua y comida, bebían de los pozos que se habían formado con las últimas lluvias; sin embargo, estaban secándose rápidamente. Hurgaban entre la basura y peleaban por los restos, a veces entraban en los supermercados y rompían bolsas de alimentos. La mayoría estaba muriendo, Aurora encontraba al menos un cuerpo nuevo todos los días.

Una de las razones por las que decidió quedarse fue la prohibición de llevar mascotas a los refugios. Entendía que era una decisión condicionada por circunstancias personales, para otros no había sido tan fácil. Muchos los dejaron en contra de su voluntad.

Salió con sus perros y estableció un circuito de búsqueda. Recolectó envases y los llenó de agua y comida en distintos puntos estratégicos. Algunos perros y gatos comenzaron a seguirla. En una semana, el grupo contaba con treinta miembros. Encontró conejos, patos, gallinas. También cerdos, vacas y caballos que habían permanecido encerrados en establos y que con ansiedad esperaban ser alimentados. En una granja pequeña, ubicada en el extremo sur de la zona de exclusión, halló dos avestruces con síntomas de desnutrición. Una de las aves murió pocos días después.

Aurora no sentía una devoción especial por los animales, pero cuando pensaba en sus vidas arrastradas a la civilización, abandonadas a su suerte en medio de las ruinas, se despertaba en ella una compasión inapelable. La realidad, más allá de la complejidad aparente, era sencilla: todos estaban luchando por sobrevivir.

Una tarde, descubrió a un agente con un traje especial realizando mediciones sobre el terreno, era el primer ser humano vivo que había visto en más de un mes. Al terminar, el hombre se acercó a la casa para ofrecer su ayuda. Aurora le agradeció y dijo que estaba bien, luego le preguntó qué estaba haciendo, señalando los equipos.

– Estamos midiendo los niveles de radiación – dijo -para poder analizar cómo se está comportando.
– ¿Y? – preguntó Aurora.
– Para serle sincero, no sabemos cuándo podrán regresar.

Aurora estaba mirando un grupo de nubes formándose en el oeste, no podía decidir si se convertirían en una tormenta.

– Todavía hay gente en la zona, he visto cuerpos entre los escombros.
– Los operativos de rescate no han terminado, pero ha sido difícil traer hombres hasta aquí, nadie quiere venir por la contaminación.

El agente se dio vuelta entorpecido por el traje y también observó las nubes.

– Vimos lo que ha estado haciendo con los animales – hizo una pausa, pensando si debía terminar la frase – Es mejor que sepa que van a morir de todos modos.

Los ojos de Aurora examinaron los guantes y los zapatos del hombre, luego regresaron a su rostro.

– ¿Puedo ofrecerle algo de tomar? – preguntó.
– Me gustaría, pero no puedo – respondió señalando el traje. Aurora asintió y dijo:
– Todos vamos a morir de todos modos.

En las tardes llega una brisa que mueve los árboles, las ramas se inclinan y las hojas reproducen ese sonido que para Aurora es una composición de la naturaleza. Se sienta en las escaleras del porche a escuchar, los perros están a su lado moviendo las orejas como antenas receptoras. Piensa en su hermana y su sobrino, en su familia y en las personas que ha conocido durante tantos años. De repente, los extraña a todos. Aunque intenta imaginarlos haciendo sus vidas en otra parte, sólo consigue volver al pasado. La nostalgia le humedece los ojos, pero su espíritu se sostiene sobre un sentimiento mucho más profundo y duradero. Le cuesta expresarlo en palabras, pero tiene que ver con un tipo de libertad que sólo es posible en la apertura de lo simple, en aquello que le ha permitido rencontrar su humanidad y abrazar sus dudas, esa calma que disuelve a la ansiedad; la intuición de que la esperanza descansa sobre algo verdadero. No hay deseos de posteridad ni delirios de grandeza, sólo un amor incondicional y agradecido que se extiende en busca de comunión. Sin saberlo, Aurora se ha convertido en madre.

Así imagino el futuro.

Fragmento de “La parábola de Gorski”.