2666: La parte de Archimboldi

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Creo que Bolaño siempre escribió sobre lo mismo. No es fácil decir exactamente sobre qué, pero tiene que ver con la condición humana. Con la muerte, el tiempo, la amistad y el amor, con el humor y el arte como medios para lidiar con los infinitos misterios y caprichos de la vida. Era un escritor de las últimas cosas.

La frase más emblemática de “2666” es pronunciada por un personaje en la tercera parte de la novela, que dice que en los asesinatos de Sonora (Juárez) se encuentra “el secreto del mundo”. No parecer ser una coincidencia que Bolaño eligiera la Segunda Guerra Mundial como el escenario principal sobre el que transcurre la vida de Archimboldi. Tal vez las conexiones entre Reiter, Sonora y la guerra sean crípticas pero apuntan a los temas centrales desarrollados por Bolaño. Quizás en los excesos del ser humano, excesos de amor y de odio, en la locura y el horror que es nuestra historia, se encuentre ese oasis que desafía a la nada del universo, a la eternidad del vacío y el aburrimiento.

El estilo era extraño, la escritura era clara y en ocasiones incluso transparente pero la manera en que se sucedían las historias no llevaba a ninguna parte: sólo quedaban los niños, sus padres, los animales, algunos vecinos y al final, en realidad, lo único que quedaba era la naturaleza, una naturaleza que poco a poco se iba deshaciendo en un caldero hirviendo hasta desaparecer del todo.

Sin embargo esto no queda demasiado claro. Lo revelado a través de las palabras aparece como un espejismo en el desierto. Sentimos el impulso de correr para saciar la sed, pero hemos sido advertidos, y sabemos que probablemente no haya nada. Los personajes de Bolaño, especialmente Arturo Belano, narrador y alter ego del autor, realizan un bosquejo de lo inefable, señalando aquello que no podemos describir; algo vital, absolutamente íntimo que permanece distante y frío, en una zona oscura inalcanzable.

En Reiter se conjuga esa dualidad, la de la fuerza vital que anima a quienes están destinados a grandes cosas, impulsándolos hacia la realización de un propósito trascendental. Ese gigante que las balas no podían herir, que no encontraba la muerte aunque la buscara y asustaba a los soldados. Al mismo tiempo era el hombre que no podía conectarse con los demás (salvo contadas excepciones que confirman la regla), un hombre que no expresaba sus sentimientos ni compartía sus angustias, que parecía no entender del todo el mundo que habitaba. Y ¿hay alguien que lo entienda? podrán preguntarme, pero estamos hablando de un tipo que cuando era niño se sentía más cómodo en el fondo del mar que en la superficie, sobre la que deambulaba como un extraño. Como si sospechara que detrás de los rostros, las corrientes y las algas, la sangre, la esperanza y las sonrisas, del tiempo y de la muerte, de la literatura y el sexo, de los padres, los hijos y la patria, la música y el arte, hubiese algo, algo abismal que se esconde en la apariencia, en la ilusión de realidad, en la representación que es el mundo.

La posibilidad, no obstante, de que todo aquello no fuera otra cosa que apariencia lo preocupaba. La apariencia era una fuerza de ocupación de la realidad, se dijo, incluso de la realidad más extrema y limítrofe. Vivía en las almas de la gente y también en sus gestos, en la voluntad y en el dolor, en la forma en que uno ordena los recuerdos y en la forma en que uno ordena las prioridades. La apariencia proliferaba en los salones de los industriales y en el hampa. Dictaba normas, se revolvía contra sus propias normas (en revueltas que podían ser sangrientas, pero que no por eso dejaban de ser aparentes), dictaba nuevas normas. El nacionalsocialismo era el reino absoluto de la apariencia. Amar, reflexionó, por regla general es otra apariencia. Mi amor por Lotte no es apariencia. Lotte es mi hermana y es pequeña y cree que soy un gigante. Pero el amor, el amor común y corriente, el amor de pareja, con desayunos y cenas, con celos y dinero y tristeza, es teatro, es decir es apariencia. La juventud es la apariencia de la fuerza, el amor es la apariencia de la paz.

He conversado con algunos conocidos sobre el final de “2666”, también he leído varias reseñas en Internet, y muchos opinan que el final es anticlimático. Que esa apertura, que produce la sensación de que Bolaño podría haber seguido escribiendo para siempre pero decidió no hacerlo, no está a la altura de las tensiones construidas a lo largo de la cinco partes y no es el desenlace que pedía la historia.

Dejando a un lado la muerte prematura de Bolaño, que abre la puerta a infinitas especulaciones sobre si habría terminado la novela exactamente como lo hizo, hay pregunta relevantes sobre el final que tenemos: ¿era posible “resolver” los crímenes de Sonora? ¿era legítimo siquiera intentar descubrir “el secreto del mundo”? Da la impresión de que Arturo Belano narró hasta donde le fue humanamente posible. En la nota a la primera edición Ignacio Echeverría menciona que entre los apuntes de Bolaño se encontraba la despedida de nuestro narrador: “Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar”.

Sin embargo, Hans Reiter se marcha a México, quién sabe si en busca de sus raíces, de lo poco que quedaba de su familia , al encuentro de ese destino elusivo, de la muerte o de alguna otra cosa. Es un misterio que sirve para recordar que la incertidumbre es el estado que mejor define a la condición humana.

Cuánto mejor haría ese pobre hombre dedicándose a la lectura. La lectura es placer y alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío. En las entrañas del hombre que escribe no hay nada. Nada, quiero decir, que su mujer, en un momento dado, pueda reconocer. Escribe al dictado. Su novela o poemario, decentes, decentitos, salen no por un ejercicio de estilo o voluntad, como el pobre desgraciado cree, sino gracias a un ejercicio de ocultamiento. ¡Es necesario que haya muchos libros, muchos pinos encantadores, para que velen de miradas aviesas el libro que realmente importa, la jodida gruta de nuestra desgracia, la flor mágica del invierno!

Publicado por Dacio Medrano

Hago música y escribo. Comentarista amateur de la cultura. Me gusta compartir todo lo que le da sentido a la vida.

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